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La historia de la Calle Petritxol. 

Una de las calles más acogedoras y dulces de la ciudad!

Recorrer la calle Petritxol es un suspiro. De la calle Portaferrisa a la plaza del Pi, apenas unos 130 metros de largo y tan solo 3 de ancho, aunque en algunos momentos es aún más estrecha. Pero tan corto trayecto conviene hacerlo con calma, disfrutando de cada paso, observando todo cuanto ofrece.

Actualmente muchos barceloneses asocian el nombre de la calle al típico chocolate caliente que sirven las prestigiosas chocolaterías que sobreviven al paso del tiempo. Pero pocos son los que conocen el origen del nombre Petritxol, básicamente porque ni los historiadores se ponen de acuerdo. Se barajan diversas opciones: un derivado de pedritxol, pedrís o pedritxol, piedra que se colocaba en la entrada y que impedía el paso de los carruajes; por el nombre de una familia, Petritxol, que poseía varias casas en la calle; por la pedritxes, sarro que forman las aguas demasiado calizas de Barcelona, que derivó primero en Padritxol, como se llamaba la calle en el siglo XVII según el historiados Clovis Eimeric, y luego en Petritxol; o, simplemente, por una derivación de portitxol, nombre que equivale a portal o pórtico pequeño.

Mientras Barcelona estuvo bajo el dominio musulmán, allá por el año 800, los sarracenos sólo dejaron una iglesia abierta para los cristianos, la iglesia del Pi.

Un sacerdote viejo, único clérigo que quedaba en Barcelona, sólo podía decir misa a las cinco de la mañana, antes de que se hiciera de día. Los cristianos que querían acudir, la mayoría vivían por el Raval, debían dar un gran rodeo, ya que el emir consideraba que el camino más corto era lugar de paso sólo para los buenos mahometanos pero no para los infieles.

Cuenta la leyenda que, un día, el viejo sacerdote, después de decir la misa fue a sacar agua del pozo para lavar el cáliz, pero de repente se le cayó el cubo por el brocal. Hizo descender una cuerda con un garfio y, al subirla, en lugar del cubo sacó un cofre lleno de monedas de oro. Volvió a tirar la cuerda con el garfio y por segunda vez, sacó un cofre lleno de oro.
El anciano  comprendió que aquel tesoro tenía que ser de los cristianos que no tuvieron tiempo de huir durante la invasión musulmana y lo escondieron en el pozo. Entonces pensó que la primera necesidad de la parroquia era tener feligreses, y que muy pocos iban a misa a causa del rodeo que tenían que dar para entrar por la otra punta de la ciudad. De manera que después de pensar un rato, decidió presentarse hasta el emir y le dijo:
– Soy un hombre anciano. Mis piernas están cansadas de recorrer la gran vuelta que tenemos que dar para ir a nuestra iglesia
El emir le contestó:
– Vos sabéis anciano, que para un acto religioso no puedo permitir que vayáis por la misma calle por donde pasan mis súbditos para ir a recitar sus oraciones.
El anciano sacerdote insistió:
– Me han dicho, señor, que vuestro erario anda escaso de dinero ¿No podríamos llegar a un acuerdo para que me vendierais el sueldo de aquella calle que va desde la muralla hasta mi iglesia?
El emir se quedó pensativo
– Eso os costaría mucho dinero. Más del que podéis reunir entre vuestra mísera comunidad.
– Decidme cuánto y ya veré si llegamos
– Pues bien, ya que insistís os lo diré. Os pondré un precio tan alto que nunca estará a vuestro alcance, Si queréis que os venda aquella calle , tenéis que cubrir el suelo de monedas de oro, desde la Portaferrissa hasta la Iglesia del Pi.
Pasaron los días El anciano había hecho explorar el fondo del pozo y había encontrado mucho más oro. Y el viejo clérigo se presentó de nuevo ante el emir.
– He conseguido el dinero que pedís. Si os parece, ahora mismo podemos comenzar a cubrir de monedas de oro el suelo de la calle.
Desde la iglesia del Pi comenzaron a sacar cofres llenos de monedas de oro y a esparcirlas por el suelo. Al llegar cerca de la Portaferrissa, el dinero no obstante se agotó. Faltaban solo unos metros. De todos modos, el emir, gato viejo, no quería perder tan buen negocio y dijo:
– No os preocupéis; si no tenéis suficientemente dinero para llegar a la Portaferrissa, os daré un terreno hasta donde lleguen vuestras monedas. Aquí abriremos una nueva puerta de la muralla, y por un sendero podréis ir y volver libremente los cristianos, hasta la iglesia del Pi, sin tener que cruzaros con mis musulmanes.
El emir recogió la ennorme suma de dinero que estaba diseminada por todo el recorrido de la calle y, en efecto, mandó abrir un portillo en la muralla, cerca de la Portaferrissa. Portillo que, desde entonces dio nombre a la calle que por este motivo se llama de Petritxol o Portixol.

En Petrixol las paredes tienen memoria

La Calle del Chocolate posee un atractivo adicional: sus paredes están tapizadas por azulejos o placas de cerámica decoradas con escenas de la historia de la vida social de Barcelona. Esta suerte de arte callejero refleja historias cotidianas, costumbres de la población, refranes populares de época. Una cantidad importante de placas recuerdan a personajes ilustres que vivieron o trabajaron en esa vía púbica; hasta en sus mayólicas se dan consejos de civismo y se muestran celebraciones de bodas y bautismos.

This post is also available in: Catalán

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